Panteón de Agripa en Roma
Información básica
Descripción
El Panteón de Roma, hoy basílica de Santa Maria ad Martyres, es uno de los edificios más influyentes de toda la historia de la arquitectura y uno de los monumentos de la Antigüedad mejor conservados del mundo romano. Su importancia no depende solo de la magnitud de su cúpula ni de la perfección geométrica de su espacio interior, sino de la combinación excepcional entre innovación técnica, claridad formal, continuidad de uso y capacidad de influencia sobre la arquitectura posterior. Se trata de una obra que resume de manera ejemplar la ambición constructiva del Imperio romano y, al mismo tiempo, la extraordinaria capacidad de ciertos edificios para seguir vivos a través de usos, lecturas e intervenciones muy distintas a lo largo de casi dos mil años.
El Panteón no es únicamente una obra maestra de la ingeniería romana, ni solo un templo antiguo conservado por azar, ni exclusivamente una iglesia cristiana adaptada a una estructura previa. Es todas esas cosas a la vez. Su grandeza reside precisamente en esa superposición de tiempos y significados. Fue un edificio ligado a la ideología imperial, un espacio de enorme carga simbólica en el Campo de Marte, un monumento salvado por su reutilización cristiana, un modelo arquitectónico estudiado por generaciones de artistas y arquitectos, y un lugar de sepultura de figuras decisivas de la cultura italiana. Pocos edificios han concentrado con tanta intensidad valores arquitectónicos, históricos, religiosos, políticos y artísticos.
La imagen más conocida del monumento es la del gran pórtico clásico unido a una inmensa rotonda cubierta por cúpula. Sin embargo, esa apariencia, tan simple en conjunto, esconde una complejidad espacial y técnica extraordinaria. El Panteón no fue pensado como una suma casual de partes, sino como una secuencia de acceso y revelación cuidadosamente controlada: el visitante se enfrenta primero a la solemnidad del pronaos columnado y, tras atravesar el gran umbral, accede de manera repentina a uno de los espacios interiores más poderosos jamás concebidos. Esa transición entre el exterior relativamente contenido y el interior de escala cósmica constituye una de las claves de su efecto monumental.
Historia
La historia del Panteón comienza en época de Augusto, cuando Marco Vipsanio Agripa, estrecho colaborador del emperador, promovió en el Campo de Marte un templo asociado al amplio programa monumental augusteo. Aquel primer edificio, levantado a finales del siglo I a. C., no es el que hoy se conserva. El monumento actual pertenece a una fase posterior, pero mantiene en la fachada la famosa inscripción que atribuye la construcción a Agripa. Esa conservación del texto antiguo no es un detalle secundario. Muestra una voluntad consciente de continuidad política y simbólica: el edificio adrianeo no quiso presentarse como una ruptura con el pasado augusteo, sino como una reformulación monumental de una memoria fundacional ya prestigiosa.
El templo de Agripa sufrió daños graves y fue sustituido tras varios episodios de destrucción y restauración. La fábrica que hoy se conserva pertenece esencialmente al reinado de Adriano, en una fecha que suele situarse entre comienzos y el segundo cuarto del siglo II d. C. La intervención adrianea no consistió en una simple reparación del edificio anterior, sino en una reconstrucción de enorme ambición, probablemente concebida desde el principio como una obra excepcional dentro de la arquitectura imperial. Adriano, cuya actividad constructiva fue intensa y refinada, promovió aquí uno de los edificios más radicalmente innovadores de todo el repertorio romano.
La decisión de conservar la inscripción de Agripa en el frontón ha condicionado durante siglos la interpretación del monumento. Durante mucho tiempo se pensó que el edificio visible era el mismo levantado por Agripa, cuando en realidad se trata de una creación imperial posterior que mantuvo deliberadamente esa referencia. Esta aparente contradicción es profundamente romana: el nuevo poder no se legitima destruyendo la memoria anterior, sino apropiándosela y dándole una escala aún mayor. El Panteón actual es, en ese sentido, una obra adrianea que se presenta bajo la autoridad conmemorativa del nombre de Agripa.
En el siglo III el edificio siguió siendo objeto de atención imperial. Algunas intervenciones se vinculan al tiempo de Septimio Severo y Caracalla, lo que demuestra que el monumento continuó ocupando un lugar importante dentro de la topografía monumental de Roma. El Panteón no fue una arquitectura marginal ni una rareza aislada, sino un edificio plenamente integrado en la gran escenografía del Campo de Marte, en una zona de gran densidad simbólica donde se concentraban templos, termas, pórticos, mausoleos y otros espacios públicos de primer rango.
La gran transformación histórica del Panteón tuvo lugar en 609, cuando el emperador Focas lo entregó al papa Bonifacio IV y este lo consagró como iglesia cristiana bajo la advocación de Santa Maria ad Martyres. Esta conversión fue decisiva para su conservación. Mientras muchos otros monumentos antiguos se abandonaban, se expoliaban o se transformaban hasta perder completamente su estructura, el Panteón pasó a formar parte de la vida religiosa de la ciudad. La continuidad del uso litúrgico garantizó mantenimiento, respeto institucional y una transmisión material incomparable. El edificio no se salvó por haber permanecido intacto al margen de la historia, sino por haber seguido siendo útil y sagrado.
La cristianización del edificio modificó su significado, pero no anuló su potencia arquitectónica. Los nichos y exedras del interior, pensados en origen para alojar estatuas o cultos antiguos, fueron adaptados progresivamente a la función cristiana. Se instalaron altares, imágenes y sepulcros, y el antiguo templo imperial se convirtió en iglesia urbana de enorme prestigio. Esa superposición de usos es una de las claves de su singularidad. El visitante contemporáneo no contempla un edificio romano puro, sino un monumento antiguo asumido y resemantizado por la Roma cristiana y moderna.
La Edad Media respetó en lo esencial la arquitectura del Panteón, aunque no impidió la pérdida de algunos elementos decorativos. Ya en época moderna se produjeron intervenciones más visibles. En el siglo XVII, bajo el pontificado de Urbano VIII, se retiró parte del bronce antiguo conservado en la techumbre del pórtico. Esta decisión se convirtió muy pronto en objeto de crítica, porque afectaba a uno de los componentes materiales más valiosos del monumento. También se añadieron en la fachada dos campanarios barrocos que alteraban significativamente la silueta del edificio. Estas torres laterales, muy discutidas, permanecieron durante mucho tiempo hasta que en el siglo XIX fueron eliminadas en nombre de una recuperación más clásica del perfil del Panteón.
Desde el Renacimiento, el edificio fue objeto de admiración constante. Arquitectos, pintores, anticuarios y teóricos lo estudiaron como una obra insuperable en la resolución del espacio central cubierto. El Panteón se convirtió en escuela viva de proporción, de construcción y de monumentalidad. Su influencia fue inmensa en la arquitectura europea y americana: iglesias, bibliotecas, parlamentos, panteones civiles, museos y edificios conmemorativos retomaron directa o indirectamente su modelo. No se trataba solo de copiar una forma, sino de apropiarse de una idea arquitectónica poderosa: la de un espacio central perfecto, iluminado desde lo alto, capaz de producir una experiencia casi absoluta de orden y totalidad.
En la época contemporánea el monumento recibió además una función memorial nacional. Tras la unificación italiana fue elegido como lugar de enterramiento de los primeros reyes de Italia. Este hecho añadió una nueva capa de significado político y simbólico. El antiguo templo romano, ya cristianizado desde hacía siglos, pasó también a ser un santuario cívico de la nación moderna. De este modo, el Panteón concentra de manera excepcional tres grandes identidades históricas sin anular ninguna de ellas: la de monumento imperial, la de iglesia cristiana y la de lugar de memoria nacional italiana.
La historia del Panteón es, por tanto, la de una continuidad extraordinaria a través de cambios de función, de marco ideológico y de sensibilidad artística. Fue templo antiguo, iglesia medieval y moderna, modelo del Renacimiento, referencia académica de la arquitectura occidental y mausoleo nacional. Su conservación excepcional no puede separarse de esa continuidad de significado. El edificio no quedó congelado en una sola época; sobrevivió precisamente porque cada época encontró en él algo digno de conservar, de reinterpretar y de venerar.
Arquitectura
La organización arquitectónica del Panteón se basa en la unión de tres partes perfectamente diferenciadas: el pórtico de acceso, el cuerpo intermedio o bloque de transición y la gran rotonda cubierta por cúpula. Esta secuencia, aparentemente sencilla, produce un efecto espacial de enorme sofisticación. El pórtico responde todavía a la tradición del templo clásico con fachada columnada; la rotonda, en cambio, introduce un espacio interior centralizado de una escala y una pureza geométrica sin precedentes. El cuerpo intermedio, muchas veces menos valorado, cumple una función esencial al enlazar ambas partes y al gestionar el paso entre dos lenguajes espaciales radicalmente distintos.
El pórtico presenta dieciséis columnas monolíticas de granito, dispuestas en una fachada octástila y en filas interiores que estructuran la profundidad del pronaos. Sus capiteles corintios y sus basas de mármol refuerzan la solemnidad del acceso y expresan con claridad la continuidad del edificio con el repertorio monumental clásico. Estas columnas, de gran tamaño y extraídas en Egipto, resumen la capacidad logística del Imperio romano y el valor simbólico de los materiales importados. El acceso al edificio está construido con elementos que no solo son técnicamente impresionantes, sino políticamente significativos: el Imperio se manifiesta aquí también en la amplitud geográfica de los recursos que moviliza.
En la fachada del Panteón, el friso desempeña una función esencial tanto desde el punto de vista arquitectónico como histórico. Se sitúa en el entablamento del pronaos, inmediatamente bajo el frontón, y en él se conserva la célebre inscripción monumental M·AGRIPPA·L·F·COS·TERTIVM·FECIT. Esa inscripción recuerda a Marco Agripa, promotor del primer Panteón augusteo, aunque el edificio actualmente visible pertenece en lo esencial a la reconstrucción adrianea. El friso, por tanto, no actúa solo como una banda de articulación clásica entre columnas y frontón, sino como el soporte de una declaración histórica deliberada, destinada a ligar la obra imperial posterior con la memoria fundacional del monumento augusteo.
Desde el punto de vista compositivo, este friso inscrito ordena visualmente toda la fachada. La masa vertical de las columnas corintias encuentra en él una potente línea horizontal que estabiliza el conjunto antes del arranque del frontón. Su presencia refuerza la claridad clásica del pórtico y contribuye a que la fachada se lea como una estructura rigurosamente jerarquizada: columnas, entablamento, friso inscrito y frontón. El hecho de que la inscripción ocupe precisamente el friso multiplica además su fuerza visual, porque convierte un elemento arquitectónico tradicionalmente destinado a la articulación del orden en un soporte de memoria política y monumental.
El valor histórico del friso se amplía si se recuerda que, por debajo de la gran inscripción principal, existió además una inscripción vinculada a restauraciones posteriores. De este modo, la zona del entablamento se convierte en una superficie donde el edificio muestra varias fases de su vida antigua. No es simplemente un detalle epigráfico, sino una condensación material de la historia del monumento en el punto más solemne de la fachada. También debe tenerse en cuenta que las letras hoy visibles responden en parte a restituciones efectuadas sobre las huellas antiguas, lo que demuestra hasta qué punto la lectura de la inscripción fue considerada siempre inseparable de la identidad visual del Panteón.
La fachada estuvo originalmente más enriquecida que hoy. El frontón, ahora desnudo, debió de incluir elementos decorativos de bronce, y el techo del pórtico también presentaba una riqueza metálica hoy desaparecida. La imagen actual del Panteón, más austera, no debe inducir a error. El monumento antiguo no era una arquitectura desnuda, sino un edificio de gran lujo material, donde el mármol, el bronce y los revestimientos preciosos contribuían decisivamente a su efecto monumental. La pérdida de algunos de estos elementos no disminuye la fuerza de la obra, pero sí obliga a imaginar una presencia visual originalmente aún más poderosa.
El cuerpo de transición entre el pronaos y la rotonda tiene una importancia arquitectónica decisiva. No es una simple pieza residual, sino un dispositivo que prepara el paso al gran espacio interior y absorbe el desnivel entre la lógica horizontal del pórtico y la verticalidad esférica de la sala. En él se sitúa además el gran acceso de bronce al interior. Esta puerta monumental, de extraordinaria escala, marca un umbral físico y simbólico. Tras la relativa compresión espacial del pórtico, la entrada en la rotonda produce una expansión repentina que es una de las experiencias más célebres de toda la arquitectura antigua.
La rotonda constituye el núcleo del edificio. Su planta circular está inscrita en un gruesísimo muro de hormigón romano revestido de ladrillo, cuya masa no es uniforme, sino cuidadosamente organizada para soportar la cúpula. El perímetro interior no se presenta como una pared lisa, sino como una secuencia rítmica de grandes nichos, exedras y pares de columnas adosadas. Esta articulación del muro cumple varias funciones a la vez: introduce variedad visual, jerarquiza los puntos del perímetro, permite disponer espacios cultuales o devocionales y, desde el punto de vista constructivo, organiza la masa portante en grandes machones y vaciados controlados.
El espacio interior está concebido a partir de una lógica geométrica rigurosa. El diámetro de la rotonda coincide aproximadamente con su altura hasta el centro del óculo, lo que permite inscribir idealmente una esfera perfecta en el volumen interior. Esta correspondencia entre anchura y altura es uno de los principios fundamentales de la obra. No se trata solo de una curiosidad matemática, sino del núcleo mismo de la experiencia espacial del Panteón. El visitante se encuentra dentro de una arquitectura que parece obedecer a una ley total, simple y absoluta. Esa relación geométrica dota al espacio de una claridad casi metafísica.
La cúpula es, sin duda, el elemento más extraordinario del monumento. Su diámetro, de algo más de 43 metros, la convierte en una de las mayores cubiertas cupuladas de la Antigüedad y, todavía hoy, en la mayor cúpula hemisférica de hormigón no armado conservada. La magnitud de esta obra no debe entenderse solo en términos de tamaño. Lo verdaderamente admirable es la inteligencia técnica con que fue resuelta. Los romanos no disponían de acero estructural ni de hormigón moderno, y sin embargo lograron construir una bóveda inmensa, perfectamente estable y extraordinariamente duradera.
La eficacia estructural de la cúpula depende de varios recursos combinados. En primer lugar, su espesor disminuye progresivamente a medida que asciende. La parte inferior, sometida a mayores empujes, es más robusta; la superior se aligera. En segundo lugar, la composición del hormigón no es uniforme. En las zonas bajas se emplearon agregados más densos y resistentes, mientras que hacia la parte alta se utilizaron materiales más ligeros, como el tufo y la piedra pómez. En tercer lugar, el óculo elimina material en el punto más alto, donde no sería necesaria una clave maciza, y reduce así el peso total de la estructura. Todo ello demuestra una comprensión extraordinariamente avanzada de la relación entre masa, carga y estabilidad.
La superficie interior de la cúpula está organizada en cinco anillos de casetones decrecientes. Estos casetones tienen una función visual clarísima: aligeran la apariencia de la bóveda, introducen un ritmo ascendente y conducen la mirada hacia el óculo. También contribuyen, aunque de manera limitada en términos estructurales, a reducir material. La combinación de profundidad geométrica, repetición ordenada y progresiva reducción de escala convierte la cúpula en una superficie dinámica, a pesar de su perfecta estabilidad formal. No es una simple media esfera lisa, sino una construcción donde el relieve modula la percepción del espacio y del peso.
El óculo central, de casi nueve metros de diámetro, es la única gran fuente de luz natural de la sala. Su presencia es decisiva desde todos los puntos de vista. Estructuralmente aligera la parte superior de la cúpula. Espacialmente organiza el interior en torno a un centro de luz. Simbólicamente abre el edificio al cielo y convierte la rotonda en una arquitectura que parece conectar el ámbito humano y el ámbito cósmico. El Panteón no recibe la iluminación como un edificio convencional, mediante ventanas laterales. La luz entra desde arriba, gira con el paso del día, desciende sobre los muros y el pavimento y transforma constantemente la percepción del espacio. El edificio está pensado, en gran medida, para ser activado por ese movimiento solar.
El pavimento es inseparable de esta lógica arquitectónica. Está formado por una rica composición de mármoles polícromos dispuestos en patrones geométricos de cuadrados y círculos. La ordenación del suelo dialoga con la de la cúpula, de modo que el espacio queda articulado entre un plano inferior rigurosamente trazado y una bóveda superior igualmente ordenada. Además, el pavimento incorpora un sistema de drenaje y una leve pendiente que permite evacuar el agua de lluvia que entra por el óculo. Esta solución es un ejemplo magnífico de cómo la arquitectura romana podía integrar idealidad geométrica y resolución práctica de problemas materiales sin separar ambas dimensiones.
Los grandes nichos y exedras que se abren en el perímetro del muro están enmarcados por órdenes arquitectónicos y por ricos revestimientos marmóreos. No deben entenderse como huecos secundarios, sino como una parte esencial del sistema espacial. Son puntos de concentración visual dentro de la continuidad circular del recinto, lugares donde se alojaban imágenes, altares o, más tarde, monumentos funerarios. Gracias a ellos, el perímetro no se percibe como un simple cilindro repetitivo, sino como una envolvente jerarquizada y viva, capaz de combinar unidad y diversidad.
También en el interior la articulación horizontal del entablamento y del friso tiene una importancia notable. Por encima del orden inferior de columnas y pilastras corre una franja continua que organiza visualmente todo el perímetro y establece una clara separación entre el nivel de los nichos y el arranque de la bóveda. Este friso interior no es un mero detalle ornamental. Cumple una función de control compositivo semejante a la del friso de la fachada: unifica el espacio, da continuidad al anillo mural y refuerza la claridad con que cada parte del edificio se relaciona con la siguiente. La lectura del Panteón depende en gran medida de estas poderosas líneas horizontales que estabilizan la masa y ordenan la mirada antes del ascenso hacia la cúpula.
En el espesor del muro y en la parte exterior del tambor se ocultan además soluciones de descarga y de contención extraordinariamente inteligentes, como arcos de aligeramiento y una compleja organización interna de la masa. La aparente simplicidad del volumen exterior no debe engañar. El Panteón es una obra de enorme sofisticación técnica, donde la forma final es el resultado de un cálculo constructivo muy refinado. Los romanos supieron dar a la ingeniería una expresión monumental de gran pureza, sin que la complejidad interna se tradujera en una apariencia complicada o fragmentaria.
Exteriormente, la rotonda se presenta como una gran masa cilíndrica mucho más sobria que el pórtico. Este contraste es intencionado. La fachada columnada actúa como rostro clásico del monumento, mientras que el volumen posterior, más severo, deja entrever la naturaleza radicalmente distinta del espacio interior. En el encuentro entre ambas partes reside una parte importante de la originalidad del edificio. El Panteón no es ni un templo clásico convencional ni una simple sala cupulada: es la articulación magistral de dos tradiciones distintas dentro de una única obra unitaria.
Desde un punto de vista arquitectónico general, el Panteón representa una culminación de la capacidad romana para crear interiores monumentales. Frente a la arquitectura griega, más centrada en el valor plástico del exterior, aquí el interior es el verdadero protagonista. Todo el edificio está orientado a producir una experiencia espacial total: el acceso procesional, la sorpresa de la rotonda, la esfera ideal, la luz del óculo, el brillo de los mármoles, la gravedad del muro y la aparente ingravidez de la cúpula. La arquitectura no se contempla solo desde fuera; se experimenta desde dentro como un mundo completo.
Arte
El valor artístico del Panteón no se limita a su arquitectura, aunque esta sea su contribución más radical. En origen, el edificio debió de albergar un programa decorativo mucho más rico de lo que hoy puede apreciarse. Los nichos interiores probablemente alojaban estatuas de divinidades, imágenes imperiales o figuras asociadas al culto y a la ideología del poder. La combinación entre la grandeza espacial y la presencia de esculturas habría reforzado la lectura del Panteón como un edificio de enorme densidad simbólica. Aunque la mayor parte de ese programa antiguo se ha perdido, su huella permanece en la propia organización del espacio.
Los revestimientos marmóreos conservados son una de las grandes riquezas artísticas del interior. El Panteón no fue concebido como un espacio neutro o austero, sino como una arquitectura intensamente cromática. Mármoles de diferentes colores, vetas y procedencias cubrían muros, suelos, cornisas y elementos arquitectónicos, generando una experiencia visual lujosa y compleja. Esta policromía es fundamental para entender el edificio. La arquitectura romana monumental no se basaba en la desnudez material, sino en la combinación de masa, proporción y riqueza superficial. El Panteón conserva todavía lo suficiente para percibir esa intención con bastante claridad.
La propia fachada, con su friso inscrito, debe entenderse también como una obra de arte en sentido pleno. La inscripción no se limita a informar sobre una autoría antigua: forma parte de la composición visual del pronaos y convierte el entablamento en un lugar donde texto y arquitectura se funden. En la tradición clásica, el friso podía albergar relieves o mantenerse sobrio según el carácter del edificio; en el Panteón adquiere un valor singular al convertirse en soporte de memoria histórica. La solemnidad de las letras monumentales, alineadas sobre la piedra y encuadradas por el orden corintio, añade al pórtico una dimensión epigráfica de gran potencia estética.
La conversión en iglesia añadió nuevas obras y nuevos significados al interior. Los nichos y exedras fueron adaptados a altares y capillas, y el edificio comenzó a incorporar imágenes marianas, dedicaciones cristianas y elementos litúrgicos permanentes. La antigua arquitectura imperial no fue eliminada, sino ocupada por nuevos contenidos. Esta superposición tiene un enorme interés artístico porque muestra cómo una estructura romana pudo absorber durante siglos obras de distinta cronología sin perder su fuerza original. El Panteón es uno de los mejores ejemplos de integración histórica entre continente antiguo y contenido posterior.
Uno de los elementos artísticos más célebres del interior es la tumba de Rafael. El gran pintor y arquitecto del Renacimiento quiso ser enterrado aquí, lo que constituye un testimonio elocuente del prestigio del edificio en la cultura humanista. La tumba se sitúa bajo la Madonna del Sasso, escultura realizada por Lorenzetto, discípulo del círculo rafaelesco. La imagen de la Virgen, serena y monumental, introduce en el Panteón una obra plenamente renacentista que dialoga con la arquitectura antigua de manera especialmente lograda. La elección del lugar no fue casual. Para Rafael y sus contemporáneos, el Panteón era una de las máximas manifestaciones de la grandeza de la Antigüedad, y reposar en él equivalía a quedar inscrito en la continuidad de esa memoria.
La tumba de Rafael está acompañada por un célebre epitafio compuesto por Pietro Bembo, que resume de forma muy elocuente la percepción renacentista del artista como figura casi comparable a la naturaleza creadora. El conjunto funerario tiene, por ello, un valor doble: por un lado, es una obra material concreta, integrada en el edificio; por otro, es un manifiesto cultural sobre la veneración moderna de la Antigüedad y sobre la nueva dignidad intelectual del artista.
El Panteón alberga también las tumbas de Vittorio Emanuele II, Umberto I y Margherita de Saboya. Estas sepulturas transformaron el edificio en panteón de la nación italiana unificada. Su presencia no es un añadido anecdótico, sino una nueva apropiación simbólica de gran alcance. El monumento que ya había sido imperial y cristiano se convirtió también en santuario cívico del Estado moderno. Esta dimensión memorial añade una capa artística y política nueva, visible en la disposición y en la monumentalidad de los conjuntos funerarios.
Junto a estos grandes sepulcros se conservan también enterramientos o monumentos vinculados a otras figuras destacadas de la cultura italiana, como Annibale Carracci, Arcangelo Corelli o Baldassarre Peruzzi, entre otros. La acumulación de tumbas ilustres ha hecho del Panteón no solo un monumento arquitectónico, sino también un lugar de consagración simbólica de la memoria artística y cultural italiana. En ese sentido, el nombre Panteón adquirió con el tiempo un significado nuevo y especialmente apropiado: ya no solo un templo antiguo de múltiples resonancias, sino un espacio donde se reúnen los grandes nombres de la historia nacional.
Entre las capillas y altares del interior destaca también la Anunciación atribuida a Melozzo da Forlì, ubicada en la primera capilla de la derecha. Esta pintura introduce en el edificio una presencia renacentista de gran calidad, distinta en lenguaje de la arquitectura romana, pero plenamente integrada en la larga vida devocional del monumento. No se trata de un adorno marginal, sino de una prueba más de que el Panteón siguió siendo durante siglos un lugar de primer orden, digno de recibir obras valiosas y de atraer patronazgo artístico.
El altar mayor y el ábside, fruto de adaptaciones cristianas posteriores, organizan litúrgicamente el extremo opuesto al acceso. La presencia de este foco religioso modifica la lectura del espacio sin destruir su simetría general. El edificio antiguo, que probablemente articulaba cultos y representaciones imperiales en distintos nichos, pasó a tener un centro devocional cristiano más claro. Esta reorientación funcional se manifiesta también en la iconografía y en la distribución de algunas obras interiores.
La decoración del Panteón no puede entenderse como un programa homogéneo perteneciente a una sola época. Su singularidad consiste precisamente en la convivencia de estratos artísticos muy diferentes. La arquitectura y parte de los revestimientos pertenecen al mundo romano imperial; altares, imágenes y ajustes espaciales derivan de la transformación cristiana; las tumbas de Rafael y otros artistas introducen la lectura humanista y renacentista; los sepulcros reales aportan la dimensión nacional moderna. El edificio ha ido acumulando arte sin convertirse por ello en un espacio incoherente. Esa capacidad de absorber obras de distintos tiempos y seguir manteniendo una identidad unitaria es una de sus mayores grandezas.
También el propio tratamiento de la luz debe considerarse una dimensión artística del Panteón. El edificio no contiene simplemente obras de arte; se comporta él mismo como una máquina de representación. La iluminación cenital cambia constantemente, recorre los casetones, resbala por los mármoles, enciende unas capillas y deja otras en sombra, y convierte el interior en una experiencia visual siempre distinta. La luz no es aquí un fenómeno externo, sino parte constitutiva del efecto estético del monumento. Muy pocas arquitecturas han utilizado con tanta precisión la luz natural como un elemento artístico fundamental.
En origen, la presencia de bronces, esculturas y otros elementos hoy perdidos debió de intensificar todavía más esa experiencia. Los casetones quizá estuvieron enriquecidos con ornamentos metálicos; el frontón del pórtico contó con decoración desaparecida; ciertos revestimientos fueron arrancados o sustituidos con el paso de los siglos. Pero incluso despojado parcialmente de esos componentes, el Panteón conserva una densidad artística extraordinaria. Su arquitectura sigue siendo el gran soporte integrador de todas las capas posteriores.
La grandeza artística del Panteón reside, en último término, en que arquitectura, decoración y memoria forman en él una unidad inseparable. No es un edificio que simplemente albergue obras de arte; es un monumento cuya propia forma es ya una obra total, capaz de ordenar y dignificar todo lo que se añadió después. El mármol, la geometría, la luz, las tumbas, las capillas, las imágenes y la historia misma del lugar se integran en una experiencia monumental casi irrepetible. Por eso el Panteón no es solo un edificio célebre de la Antigüedad. Es uno de los grandes espacios artísticos de la civilización occidental.
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Glosario de términos
- Altar
- En el culto cristiano, especie de mesa consagrada donde el sacerdote celebra el sacrificio de la misa
- Arco
- Elemento sustentante, que descarga los empujes, desviándolos lateralmente, y que está destinado a franquear un espacio por medio de un trayecto generalmente curvo.
- Barroco
- Estilo artístico basado principalmente en el exceso de énfasis y abundancia de decoración, en contraposición al clasicismo renacentista. Se situa entre 1600 y 1750 y su nombre proviene de la palabra barrueco que significa perla irregular, ya que este estilo marcaba exageradamente las formas irregulares y onduladas
- Basa
- Pieza inferior de la columna que sirve de apoyo al resto
- Capilla
- Edificio contiguo a una iglesia o parte integrante de ella, con altar y advocación particular.
- Capitel
- Parte superior de una columna, compuesta de molduras y otros elementos decorativos. Elemento colocado sobre el fuste de una columna que sostiene directamente el arquitrabe, arco etc. Los capiteles pueden ser vegetales, historiados (con historias), figurados (con personajes), antropomorfos (se reconocen figuras humanas), zoomórficos (animales conocidos) y fantásticos (animales no existentes). La voz proviene del latín capitellum diminutivo de caput (cabeza)
- Casetones
- Cada compartimento hueco y geométrico en que se divide la cubierta al cruzarse las vigas, formando una red. Son características del arte renacentista y suelen presentar un rosetón en el fondo
- Clave
- Dóvela central de un arco o pieza central de una bóveda.
- Cornisa
- 1. Coronamiento compuesto de molduras, o cuerpo voladizo con molduras, que sirve de remate a otro. 2. Parte superior del cornisamento de un pedestal, edificio o habitación.
- Cubierta
- En general, sistema de cierre de la parte superior de una construcción.
- Friso
- Faja decorativa de desarrollo horizontal y especificamente la parte entre el arquitrabe y la cornisa en los ordenes clásicos.
- Icono
- 1. Representación religiosa de pincel o relieve, usada en las iglesias cristianas orientales. 2. Tabla pintada con técnica bizantina
- Mausoleo
- Monumento funerario y sepulcro suntuoso
- Pilastra
- Pilar de planta rectangular adosado a un muro.
- Planta
- Plano de la sección horizontal de un edificio.
- Potencia
- Nos referimos a las potencias de Cristo. Son los tres rayos de luz que sobresalen de la cabeza de Cristo. Originalmente adoptaban forma de cruz y se sitiaban en el nimbo de la corona para representar al personaje como a Cristo. Posteriormente el nimbo crucífero evolucionó hasta convertirse en tres rayos que sobresalen de la cabeza y que simbolizan la luz. Potencia puede ser sinónimo de facultad o poder. Según la tradición clásica cada rayo significa una facultad memoria, entendimiento y voluntad que son atributos que identifican a Cristo, cada uno de ellos con una significación distinta.
- Sepulcro
- Es la obra que se construye para dar sepultura a una persona, generalmente en piedra y elevada respecto del suelo
- Tambor
- Cilindro o anillo donde se apoya la semiesfera de la cúpula
- Termas
- Edificio romano público o privado dedicado al baño o limpieza del cuerpo
- Tumba
- La tumba es una pequeña edificación o cámara para depositar a los difuntos, con muros, tejado y si se usa para más de un cuerpo, con puerta
- Venera
- Motivo decorativo en forma de concha marina, similar a las conchas de peregrinos

