Catedral de Santa María Asunta de Pisa

Información básica

Lugar
Pisa
Municipio
Pisa
Provincia
Toscana
Comunidad
País
Italia
Ubicación
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Descripción

Catedral de Santa María Asunta de Pisa

La catedral de Santa Maria Assunta de Pisa constituye el núcleo histórico, litúrgico y arquitectónico de la Piazza del Duomo y la obra fundacional del llamado románico pisano. Es la iglesia principal del conjunto monumental y, desde el punto de vista tipológico, un edificio concebido para expresar a la vez la autoridad eclesiástica de Pisa, la riqueza de la ciudad y su proyección mediterránea. Aunque hoy la plaza se perciba como un sistema unitario formado por catedral, baptisterio, campanile y Camposanto, la catedral fue la primera gran pieza del conjunto y la que fijó el lenguaje formal que luego se desarrollaría en los demás edificios.

Se trata de una iglesia dedicada a la Asunción de la Virgen, de planta en cruz latina, cinco naves en el cuerpo longitudinal, transepto de tres naves y gran cúpula sobre el crucero. Su interés no reside solo en el valor arquitectónico del edificio como obra románica, sino también en la densidad histórica de sus transformaciones, en la complejidad de su decoración interior y en la presencia de algunas de las obras más importantes del arte italiano entre los siglos XII y XVII. La catedral actual es el resultado de una larga secuencia de intervenciones en las que se superponen la fábrica medieval, las consecuencias del incendio de 1595 y las grandes campañas decorativas posteriores, sin que el edificio haya perdido por ello su coherencia monumental.

Desde una perspectiva histórica amplia, la catedral de Pisa ocupa una posición central en la arquitectura medieval italiana porque en ella se formula de manera particularmente madura un lenguaje capaz de integrar tradiciones diversas. En su arquitectura confluyen elementos de raíz clásica, recursos lombardos y emilianos, soluciones bizantinas y una evidente sensibilidad abierta al Mediterráneo islámico. Esa combinación no debe entenderse como una suma arbitraria de influencias, sino como la elaboración de un lenguaje nuevo, propio de una ciudad marítima que mantuvo contactos intensos con ámbitos culturales muy distintos. La catedral es, en ese sentido, una obra profundamente local y al mismo tiempo abiertamente internacional.

Historia

La construcción de la catedral comenzó en 1064, en un momento de máximo crecimiento político y económico de Pisa. La iniciativa respondía a la necesidad de levantar una nueva gran iglesia catedralicia acorde con la posición de la ciudad en el Mediterráneo y con su aspiración a manifestar monumentalmente su prestigio. El arquitecto al que se atribuye la fase inicial es Buscheto, figura fundamental en la historia del edificio, pues fue quien definió la organización general de la fábrica, el esquema basilical de cinco naves, el crucero con sus naves laterales y la cúpula sobre el cruce. El proyecto inicial no era modesto ni experimental, sino de una ambición excepcional, tanto por sus dimensiones como por la novedad de sus soluciones formales.

La catedral fue concebida desde el principio como una obra monumental capaz de diferenciarse claramente del entorno urbano y de afirmarse como centro visual y simbólico de la ciudad. El hecho de que se levantara en un área entonces exterior al núcleo amurallado más antiguo ha sido interpretado como una señal de confianza política y de voluntad expansiva. No se trataba solo de construir una iglesia, sino de crear un gran foco monumental cuyo lenguaje arquitectónico expresara la prosperidad pisana. En esa lógica se entiende también el uso abundante de mármoles y materiales reutilizados, así como la riqueza del diseño exterior.

La primera gran fase dirigida por Buscheto fijó el carácter esencial del edificio. En ella se definieron los volúmenes principales, la organización espacial y buena parte de la sintaxis decorativa que luego identificará al románico pisano. Sin embargo, la obra no quedó cerrada en ese primer momento. En el siglo XII intervino Rainaldo, a quien se atribuye la ampliación del edificio y, en particular, la prolongación de la nave y la ejecución de la gran fachada. Esta segunda fase no destruyó el proyecto de Buscheto, sino que lo extendió y completó, manteniendo su lógica general. La cooperación sucesiva de ambos maestros explica que la catedral combine unidad formal y complejidad histórica.

La consagración solemne del templo tuvo lugar en 1118. Ese dato marca un hito importante, pero no significa que la obra estuviera plenamente concluida en ese momento. La catedral siguió recibiendo elementos esenciales durante las décadas posteriores. La colocación de las hojas de bronce de la gran portada central en el último cuarto del siglo XII suele considerarse uno de los signos de finalización de la fase medieval principal. Como sucede en muchos grandes edificios de la Edad Media, la vida litúrgica y la construcción avanzaron de manera paralela, de modo que el templo pudo ser utilizado antes de que todos sus componentes estuvieran definitivamente completados.

La historia posterior de la catedral estuvo marcada por un acontecimiento decisivo: el incendio de 1595. El fuego causó daños graves y afectó de manera especial a partes significativas de la decoración interior y a algunos elementos de las puertas de bronce. Este episodio obligó a una profunda reorganización del aspecto interno del edificio y explica en buena medida por qué la catedral combina hoy estructuras medievales con una importante capa de decoración moderna. El incendio no destruyó la esencia arquitectónica del templo, pero sí transformó su apariencia, abrió la puerta a nuevas campañas artísticas y condicionó la lectura histórica del interior.

Tras el incendio se emprendió una amplia renovación. La cubierta de la nave fue sustituida por el gran techo artesonado que hoy caracteriza el interior, y se introdujo un nuevo programa decorativo acorde con la sensibilidad de los siglos XVI y XVII. También las tres puertas de bronce de la fachada occidental fueron rehechas en el entorno artístico de Giambologna, mientras que la célebre puerta de San Ranieri, situada en el transepto meridional, se salvó del desastre y constituye hoy el gran testimonio conservado de la broncística medieval del conjunto.

Durante los siglos siguientes la catedral siguió recibiendo obras, ajustes y restauraciones. Algunas piezas medievales cambiaron de ubicación, otras se desmontaron y reensamblaron, y se añadieron nuevos altares, pinturas y mobiliario litúrgico. Todo ello hace que la historia del edificio no pueda reducirse a una sola fecha de fundación o a una sola campaña de obra. La catedral de Pisa es el resultado de una acumulación histórica prolongada, en la que cada época dejó una capa propia, aunque la arquitectura románica de base siga dominando claramente la percepción del conjunto.

La relevancia histórica del edificio excede además el ámbito estrictamente artístico. La catedral se asocia tradicionalmente con Galileo Galilei a través de la observación del movimiento oscilatorio de una lámpara suspendida en la nave, episodio que la tradición relacionó con la formulación del principio del isocronismo de las pequeñas oscilaciones. Más allá del grado exacto de historicidad de la escena, esa vinculación convirtió a la catedral en un lugar simbólicamente unido también a la historia de la ciencia, ampliando su significado cultural mucho más allá del ámbito devocional.

En conjunto, la historia de la catedral de Santa Maria Assunta es la de una obra fundacional para Pisa y para la arquitectura medieval toscana. Fue el edificio que dio origen al paisaje monumental de la plaza, el que fijó el vocabulario del románico pisano y el que, a través de ampliaciones, desastres, restauraciones y nuevas incorporaciones artísticas, mantuvo durante siglos su condición de centro religioso y representativo de la ciudad.

Arquitectura

La catedral presenta una planta en cruz latina, con un cuerpo longitudinal de cinco naves y un transepto de tres naves, solución que le proporciona una extraordinaria amplitud interior y una complejidad espacial poco común en la arquitectura occidental del siglo XI. El esquema general combina un eje basilical muy marcado con una poderosa expansión transversal, de modo que el edificio no se percibe como una simple iglesia longitudinal, sino como una estructura articulada en múltiples direcciones. Sobre el crucero se eleva una cúpula de planta elíptica, rasgo particularmente singular dentro del románico italiano y uno de los elementos que más claramente revelan la apertura del edificio a modelos no estrictamente occidentales.

La primera impresión exterior viene dada por la riqueza de la superficie marmórea. La catedral está revestida con alternancia de tonos claros y oscuros, bandas, incrustaciones y recursos cromáticos que animan la masa arquitectónica sin disolver su claridad estructural. El uso de mármoles de distinto color y la presencia de elementos reutilizados de época romana forman parte esencial del lenguaje del edificio. La reutilización de piezas antiguas no responde solo a una economía de medios, sino a una voluntad cultural de apropiación de la antigüedad y de afirmación simbólica de Pisa como ciudad heredera de una grandeza imperial.

La fachada occidental, desarrollada en varios órdenes superpuestos de galerías abiertas, es una de las composiciones más representativas del románico pisano. Rainaldo organizó aquí una superficie de enorme riqueza visual, donde la masa del muro se aligera mediante pisos de loggias de columnas finas, arcos de medio punto y una modulación rigurosa de llenos y vacíos. La fachada no es un simple frente decorativo, sino una auténtica pantalla arquitectónica que traduce al exterior la nobleza del edificio. En ella la repetición de las galerías no produce monotonía, sino vibración, relieve y una compleja articulación de luces y sombras sobre la piedra.

La catedral incorpora además en el exterior algunos elementos de particular interés histórico y artístico. Entre ellos destacó durante siglos el célebre grifo de bronce de origen islámico colocado sobre la cubierta, hoy sustituido por una copia mientras el original se conserva en el museo. Su presencia es reveladora del horizonte mediterráneo de Pisa y del gusto por integrar en el edificio objetos de prestigio procedentes de contextos culturales distintos. No se trata de un detalle anecdótico: resume visualmente la dimensión marítima y expansiva de la ciudad, así como la permeabilidad cultural del románico pisano.

En la parte baja de la fachada se abren las grandes puertas de ingreso. Las tres puertas occidentales actuales son de bronce y pertenecen a la renovación posterior al incendio de 1595. Fueron realizadas en el círculo de Giambologna y sustituyen a elementos perdidos en el siniestro. Su lenguaje responde ya a una sensibilidad moderna, más tardía que la arquitectura medieval del edificio. Sin embargo, la puerta más importante desde el punto de vista histórico no es una de las de fachada, sino la puerta de San Ranieri, situada en el brazo meridional del transepto, frente al campanile.

La puerta de San Ranieri, fundida por Bonanno Pisano hacia 1180, es una de las grandes obras de la broncística medieval italiana. Está formada por veinticuatro paneles con escenas del Nuevo Testamento y posee un valor excepcional no solo por su antigüedad, sino por su calidad narrativa y técnica. En ella se aprecia una etapa temprana y decisiva del desarrollo de las puertas monumentales de bronce en Italia. Su conservación en la catedral de Pisa permite comprender mejor el nivel artístico alcanzado por el conjunto en el siglo XII y la importancia concedida a los accesos como lugares de expresión iconográfica.

El interior de la catedral resulta de una amplitud y una riqueza extraordinarias. La nave central está flanqueada por dos naves a cada lado, separadas mediante hileras de columnas monolíticas de granito, muchas de ellas procedentes de materiales de prestigio reutilizados. Estas columnas sostienen una secuencia de arcos elevados que generan una percepción espacial particularmente compleja. La alternancia cromática de mármoles claros y oscuros, el dibujo de las arquerías y la presencia de matroneos altos contribuyen a producir un espacio que no responde únicamente a la tradición basilical latina, sino que incorpora una sensibilidad visual abierta a modelos orientales y mediterráneos.

Uno de los rasgos más comentados del interior es precisamente esa combinación de monumentalidad románica y ecos de otras tradiciones. Los arcos, la profundidad de las naves laterales, la alternancia cromática de los paramentos y la presencia de la cúpula elíptica han favorecido desde hace mucho lecturas que subrayan la dimensión bizantina e islámica del edificio. Conviene entender estos rasgos no como copias directas de monumentos concretos, sino como el resultado de una cultura visual amplia, propia de una ciudad mercantil y marinera. En la catedral de Pisa, esa apertura no diluye la identidad local, sino que contribuye a crearla.

El techo artesonado de madera dorada que hoy cubre la nave principal pertenece a la gran renovación posterior al incendio de 1595. Fue ejecutado en el siglo XVII por Domenico y Bartolomeo Atticciati y presenta una decoración suntuosa con dorados y escudos mediceos. Su presencia modifica profundamente la experiencia del interior. Allí donde en origen debió de existir una cubierta más directamente ligada a la estructura medieval, el visitante encuentra hoy una superficie de gran riqueza ornamental que introduce una capa barroca y cortesana dentro del edificio románico. Esta superposición de épocas no rompe la unidad del espacio, pero sí recuerda que la catedral fue objeto de una importante reinterpretación en la Edad Moderna.

En la cúpula del crucero se conserva otra intervención relevante de época moderna: la decoración realizada por Orazio y Girolamo Riminaldi entre 1627 y 1631, con la representación de la Virgen en gloria con santos. La técnica empleada y la propia ubicación de la obra refuerzan el papel visual del crucero como centro del edificio. Aunque estilísticamente esta pintura pertenece a un mundo muy distinto del de la fábrica románica, la cúpula ya había sido desde el origen uno de los focos esenciales de la composición arquitectónica, por lo que su enriquecimiento pictórico resultaba casi inevitable en una gran campaña de redecoración.

La zona absidal concentra algunas de las obras artísticas más importantes del templo. El gran mosaico del ábside representa a Cristo entronizado entre la Virgen y San Juan Evangelista. Es una de las imágenes capitales de la catedral y una de las piezas más valiosas del arte medieval italiano. La ejecución del mosaico se desarrolló a comienzos del siglo XIV y en ella intervinieron varios maestros. La figura de San Juan Evangelista fue realizada por Cimabue hacia 1302, en la que se considera su última obra documentada. La importancia de esta intervención es excepcional, no solo por el nombre del artista, sino porque permite vincular directamente la catedral de Pisa con uno de los grandes renovadores de la pintura italiana anterior a Giotto.

El mosaico absidal no es, sin embargo, obra exclusiva de Cimabue. La composición fue llevada adelante con participación de otros artífices, entre ellos Francesco da Pisa y Vincino da Pistoia. Esta colaboración no reduce el valor del conjunto; al contrario, pone de manifiesto la escala y la ambición del programa artístico. La imagen de Cristo en majestad, con la Virgen y San Juan, enlaza con una larga tradición iconográfica bizantina y normanda, pero lo hace dentro de un contexto plenamente pisano. La combinación de monumentalidad, frontalidad y brillo musivo confiere al ábside una fuerza visual extraordinaria.

Muy cerca de este gran mosaico se comprende bien hasta qué punto la catedral fue un lugar de síntesis entre arquitectura y arte. La fábrica románica proporciona el marco estructural; el mosaico introduce una culminación teológica y visual en el punto más sagrado del templo. La relación entre espacio y programa iconográfico está aquí particularmente conseguida: el ábside no se limita a cerrar el edificio, sino que concentra y resuelve su jerarquía espiritual.

Otra obra fundamental del interior es el púlpito de Giovanni Pisano, ejecutado entre 1302 y 1310. Se trata de una de las creaciones más importantes de la escultura gótica italiana y una pieza decisiva para la historia del arte europeo del Trecento. El púlpito actual sustituyó a uno anterior realizado por Guglielmo en el siglo XII, que fue trasladado más tarde a Cagliari. La nueva obra de Giovanni Pisano llevó el lenguaje escultórico a un nivel de intensidad y complejidad muy superior, acorde con la renovación monumental de comienzos del siglo XIV.

El púlpito se organiza como una estructura poligonal sostenida por columnas y figuras escultóricas, con paneles ligeramente curvos que desarrollan escenas de la vida de Cristo. La curvatura de los relieves, el dinamismo de las figuras, la multiplicación de gestos y pliegues y la extraordinaria densidad narrativa convierten esta pieza en una obra radicalmente distinta del clasicismo más controlado de Nicola Pisano. Giovanni lleva aquí la escultura hacia un grado de tensión expresiva excepcional. Sus figuras parecen agitarse, avanzar y comprimirse en el espacio, como si la materia escultórica hubiese sido llevada al límite de su energía narrativa.

Entre las características más notables del púlpito figuran la sustitución de soportes arquitectónicos convencionales por cariátides y figuras alegóricas, la supresión de una lectura estática de los paneles y la tendencia a llenar el espacio con una multitud de personajes en movimiento. No es solo un mueble litúrgico, sino una auténtica arquitectura escultórica, integrada en la nave y capaz de competir visualmente con el resto del interior. Su presencia confirma que la catedral de Pisa no fue únicamente un laboratorio del románico, sino también uno de los grandes escenarios de la escultura gótica italiana.

El edificio conserva además importantes restos de pintura mural medieval. Entre ellos destaca una Virgen con el Niño en el arco triunfal atribuida al Maestro de San Torpè, así como otros fragmentos con santos y escenas devocionales en pilares y zonas secundarias. Aunque estas pinturas no tengan la visibilidad del mosaico absidal o del púlpito, son valiosas porque recuerdan que el interior medieval de la catedral fue mucho más rico en color e imagen de lo que hoy puede parecer a primera vista. La pérdida parcial de estas decoraciones no elimina su importancia histórica como testimonio de la policromía originaria del templo.

El pavimento constituye otro elemento destacado. En varias zonas se conservan composiciones de mármol incrustado con diseños geométricos de gran refinamiento, cercanas a lo que suele denominarse tradición cosmatesca, poco frecuente fuera de otros focos italianos centrales. Estas labores no son un simple adorno de superficie: ordenan visualmente el espacio y contribuyen a la solemnidad del presbiterio y de las áreas más nobles del interior. La catedral de Pisa demuestra así que su riqueza no depende solo de grandes obras maestras aisladas, sino también de una suma de detalles materiales de altísima calidad.

Entre las piezas escultóricas y monumentales del interior ocupa un lugar importante el sepulcro fragmentario del emperador Enrique VII, realizado por Tino da Camaino entre 1313 y 1315. La presencia de este monumento dentro de la catedral revela el peso político de Pisa y su vinculación con el partido gibelino. El sepulcro sufrió desmontajes y traslados, de modo que hoy no se conserva en la forma ni en la disposición exactas de origen, pero sigue siendo una pieza esencial para comprender la relación entre la catedral y la historia política del imperio en Italia.

La catedral alberga también las reliquias de San Ranieri, patrón de Pisa, cuya presencia refuerza la dimensión cívica y devocional del edificio. La importancia del santo para la ciudad convierte su culto en uno de los ejes espirituales del templo. En este sentido, la catedral de Pisa no es solo un gran monumento artístico, sino un espacio religioso vivo, donde las obras de arte, la memoria política y la tradición devocional convergen de manera especialmente intensa.

La decoración pictórica de época moderna añadió un nuevo estrato de gran interés. En las galerías y zonas próximas al altar mayor se disponen grandes lienzos con episodios del Antiguo Testamento y de la vida de Cristo, realizados entre los siglos XVI y XVII por importantes pintores toscanos. Entre los autores representados figuran Andrea del Sarto, Il Sodoma y Domenico Beccafumi. Estas pinturas forman parte de la reconfiguración posterior al incendio y muestran cómo la catedral siguió siendo, siglos después de su fundación, un espacio de prestigio artístico en el que seguían interviniendo algunos de los principales nombres del arte regional.

El mobiliario litúrgico enriquecido en época moderna incluye además piezas de gran valor, como el crucifijo de bronce del altar mayor y los candeleros angélicos vinculados al entorno de Giambologna, así como el gran ciborio de plata diseñado por Giovanni Battista Foggini para la capilla del Santísimo Sacramento. Estas incorporaciones demuestran que la renovación posterior al incendio no fue una simple reparación funcional, sino una verdadera relectura artística del edificio, que lo dotó de nuevos focos de riqueza material sin anular sus estructuras medievales.

Entre las imágenes devocionales conservadas en el interior merece mención la llamada Madonna sotto l’organo, pintura del siglo XIII atribuida a Berlinghiero Berlinghieri. Su presencia recuerda que la catedral no solo reunió grandes programas monumentales, sino también objetos de culto muy arraigados en la religiosidad local. Estas obras, menos espectaculares que el mosaico absidal o el púlpito, contribuyen sin embargo a la densidad histórica y espiritual del conjunto.

Otro elemento célebre asociado al edificio es la llamada lámpara de Galileo, suspendida en la nave. Aunque la lámpara actual no coincide exactamente con la que habría observado el joven Galileo, la tradición vinculó de manera tan fuerte este objeto al nacimiento de una intuición científica fundamental que terminó convirtiéndose en una de las piezas simbólicas del templo. Con ella, la catedral adquirió una resonancia cultural que desborda el marco estrictamente eclesiástico y la conecta con la historia intelectual de Europa.

Muy singular es también el dispositivo del llamado Capodanno Pisano, relacionado con el rayo de luz que penetra en la catedral el 25 de marzo y alcanza un punto preciso del interior. Este fenómeno no pertenece al terreno de la anécdota pintoresca, sino que revela la relación entre arquitectura, calendario litúrgico, medición del tiempo y simbolismo de la Anunciación. Como en otros grandes edificios medievales, la catedral no fue pensada solo como un volumen construido, sino también como un espacio capaz de articular luz, rito y cómputo temporal.

Desde el punto de vista estrictamente arquitectónico, el mayor logro de la catedral es la integración de todos estos elementos en una estructura de extraordinaria coherencia. La variedad de influencias, la superposición de épocas y la acumulación de obras de arte no han disuelto la unidad del edificio. Al contrario, la arquitectura de Buscheto y Rainaldo posee tal claridad y tal fuerza que consigue absorber mosaicos, púlpitos, puertas de bronce, techos barrocos, monumentos funerarios, pinturas y mobiliario litúrgico sin perder su identidad. Esa capacidad de integración es una de las razones por las que la catedral de Pisa ocupa un lugar tan alto en la historia de la arquitectura medieval.

La catedral de Santa Maria Assunta debe entenderse, por tanto, como una obra fundacional, un manifiesto del románico pisano y un gran contenedor de arte medieval y moderno. En ella la arquitectura no sirve solo de soporte a obras célebres, sino que organiza una experiencia espacial compleja donde materia, luz, color, escultura, mosaico, pintura y liturgia se articulan con gran precisión. Su importancia no deriva de un solo elemento aislado, sino de la conjunción excepcional entre proyecto arquitectónico, ambición urbana, riqueza material y continuidad histórica.

Por todo ello, la catedral de Pisa sigue siendo una de las iglesias más significativas del Occidente medieval. Es una obra clave para comprender la arquitectura románica italiana, la circulación de formas en el Mediterráneo, la evolución de la escultura entre los siglos XII y XIV y la capacidad de un gran monumento para renovarse tras un desastre sin perder su carácter original. Su valor reside en esa combinación de solidez histórica, refinamiento formal y densidad artística que la convierte en el verdadero centro monumental e intelectual de la Piazza del Duomo.

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Glosario de términos

Altar
En el culto cristiano, especie de mesa consagrada donde el sacerdote celebra el sacrificio de la misa
Arco
Elemento sustentante, que descarga los empujes, desviándolos lateralmente, y que está destinado a franquear un espacio por medio de un trayecto generalmente curvo.
Artesonado
Techumbre, bóvedas o sistema de cubierta, formado por artesones o casetones.
Baptisterio
Edificio exento, generalmente de planta central, destinado al bautismo y generalmente próximo al templo
Barroco
Estilo artístico basado principalmente en el exceso de énfasis y abundancia de decoración, en contraposición al clasicismo renacentista. Se situa entre 1600 y 1750 y su nombre proviene de la palabra barrueco que significa perla irregular, ya que este estilo marcaba exageradamente las formas irregulares y onduladas
Basilica
Edificio de interior organizado en naves separadas por columnas o pilares, correspondiendo mayor altura y luminosidad a la central, para invocar el paso desde un mundo de tinieblas o pecado hacia la nueva vida. Esta proyección de visa al encuentro de Cristo Sol de Justicia, orienta las naves al Este, de donde procede el astro que todo lo ilumina.
Capilla
Edificio contiguo a una iglesia o parte integrante de ella, con altar y advocación particular.
Clave
Dóvela central de un arco o pieza central de una bóveda.
Crucero
Espacio en que se cruzan la nave central de una iglesia y la que la atraviesa.
Cubierta
En general, sistema de cierre de la parte superior de una construcción.
Girola
Pasillo que rodea por detrás el presbiterio o capilla mayor, prolongando las naves laterales. También se llama deambulatorio.
Grifo
Animal fantástico con cabeza y alas de águila y cuerpo de león
Icono
1. Representación religiosa de pincel o relieve, usada en las iglesias cristianas orientales. 2. Tabla pintada con técnica bizantina
Nave
Cada uno de los espacios en que se divide longitudinalmente una iglesia.
Paramento
Muro o pared
Pilar
Pilastra exenta, suele tener más consistencia que la columna.
Planta
Plano de la sección horizontal de un edificio.
Portada
Puerta ornamentada o decorada.
Presbiterio
Zona elevada del templo cristiano en torno al altar.
Sacra
O sacro, relativo al carácter sagrado o con carácter sagrado
Sepulcro
Es la obra que se construye para dar sepultura a una persona, generalmente en piedra y elevada respecto del suelo
Transepto
Espacio transversal que aísla el ábside y el coro del espacio de la nave. Sobre él se eleva generalmente el centro arquitectónico o eje vertical mayor del conjunto, cubierto con bóveda y flanqueado de vanos.

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