El agua



El agua es una sustancia inorgánica compuesta por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno (H2O). Se puede considerar como un nutriente, del cual el organismo es completamente dependiente. De hecho, un adulto podría estar hasta 8 semanas sin comer, pero morirá a los pocos días si no bebe.

Funciones en el organismo

El agua es un componente esencial de todos los tejidos corporales, desde el punto de vista fisiológico, metabólico y estructural:

- Es el solvente universal en los seres vivos y es el medio en el que se realizan las reacciones químicas metabólicas, en muchas de las cuales participa como sustrato.
- Es esencial en los procesos fisiológicos de digestión, absorción y excreción, ya que es el medio de transporte por excelencia de multitud de sustancias, así como de productos tóxicos y de desecho.
- Tiene una función estructural muy importante, proporcionando, entre otras cosas, la turgencia necesaria a las células.
- Es esencial en el mantenimiento de la estructura y función del sistema circulatorio.
- Actúa de lubricante en las articulaciones.
- Permite mantener la presión osmótica de los líquidos extra e intracelular (LEC y LIC).
- Desempeña un papel decisivo en la regulación de la temperatura corporal gracias a su alto calor específico, por lo que permite una gran disipación de calor (p.ej.: permite que 600 kcal de calor corporal se disipen mediante la evaporación de 1 l de agua transpirada).

Compartimentos de distribución

El agua es el componente más abundante de nuestro organismo, aunque su contenido varía mucho en los distintos individuos y, fundamentalmente, con la edad y el sexo. En un recién nacido representa en torno al 80 % de su peso y constituye, por término medio, entre el 50 y el 70 % del peso total de un adulto, siendo menor en las mujeres que en los hombres.

Aproximadamente el 50 % del agua corporal total se encuentra contenida en el músculo, el 20 % en la piel, un 10 % en la sangre y el resto en otros órganos y tejidos, por ejemplo, en el tejido conjuntivo denso (4,5 %) o en el hueso (3 %). En este sentido, hay que tener en cuenta que el contenido de agua varía mucho entre los diversos tejidos, siendo máximo en las vísceras y el tejido muscular y mínimo en el tejido adiposo y los tejidos calcificados, como el tejido óseo. Así, por ejemplo, los riñones y los pulmones contienen más de un 80 % de agua y el tejido muscular esquelético aproximadamente un 73 %. Por su parte, el contenido de agua del tejido óseo está en torno al 20 % y en el tejido graso alrededor de un 10 %. Por ello, al margen de las diferencias debidas a la edad, las diferencias individuales y por sexo en la cantidad total de agua se deben fundamentalmente a diferencias en la composición corporal.

El agua corporal total se distribuye en agua intracelular (65%) y agua extracelular (35%), que a su vez se considera dividida en el agua plasmática (18 %) y el agua que ocupa el espacio intersticial y el que forma parte del tejido conjuntivo denso (cartílagos y tendones), de la matriz ósea y del compartimento transcelular (compuesto por secreciones digestivas, sudor y fluidos cerebroespinales, pleurales, sinoviales e intraoculares) (82 %). Así, un varón adulto de 70 kg tiene aproximadamente unos 42 l de agua corporal total, por lo que el compartimento intracelular contiene aproximadamente 27 l de agua y el extracelular unos 15 l, con aproximadamente 3 l en el plasma y 12 l en el intersticio y otros compartimentos corporales.


Las fuerzas osmóticas juegan un papel decisivo en la distribución del agua entre los distintos compartimentos. Cada uno de ellos tiene una composición electrolítica diferente y un soluto mayoritario que actúa reteniendo el agua y que determina su osmolaridad. El principal catión del LEC es el sodio, mientras que los principales aniones son el cloruro y el bicarbonato. La concentración del LIC es más difícil de medir y varía más de un tejido a otro. Los principales aniones del LIC son el fosfato y las proteínas, mientras que la concentración de cloruro es muy baja. El principal catión intracelular es el potasio, seguido por el magnesio, mientras que la concentración de sodio es muy baja y la de calcio es unas mil veces menor que en el LEC. Estas diferencias en concentraciones iónicas entre el LEC y el LIC son fundamentales para la generación de los potenciales de reposo, la excitación celular, la transmisión nerviosa, las secreciones y la contracción muscular.

Como todas las membranas biológicas son permeables al agua, los líquidos de los distintos compartimentos están en equilibrio osmótico, es decir, tienen la misma osmolaridad, aunque, como hemos visto, su composición iónica sea diferente. Así, el agua pasa de uno a otro compartimento de forma pasiva, a favor de gradientes osmóticos e igualándolos, dado que existen numerosos factores que tienden a modificar el volumen y la composición del LEC, fundamentalmente la ingesta y eliminación de agua y electrolitos y la adición al medio de productos de desecho del metabolismo celular. También el sodio, el potasio o el calcio atraviesan las membranas plasmáticas de forma pasiva a través de canales iónicos a favor de gradientes de concentración (químicos) o de carga (eléctricos). Sin embargo estos intercambios pasivos no eliminan los gradientes existentes debido a la presencia en las membranas plasmáticas de transportadores activos (llamados bombas) que transportan los iones en contra de los gradientes electroquímicos, utilizando para ello la energía obtenida a partir del ATP (por ejemplo, la Na-K ATPasa o Bomba de Na-K o la Ca-ATPasa).

Balance hídrico

Los volúmenes de agua comentados anteriormente y su distribución no son volúmenes estáticos, sino que representan el resultado neto de un intercambio dinámico, entre el agua ingerida y el agua eliminada por distintas vías.

Por otro lado, en el organismo existen sistemas de regulación activa cuyo objetivo es mantener la homeostasis del medio interno frente a las diversas circunstancias que pudieran alterarlo. Esta regulación activa se basa fundamentalmente en el ajuste de la ingesta (a través de las sensaciones de sed, hambre, saciedad) y el ajuste de las eliminaciones por el riñón (volumen y concentración iónica de la orina).

El balance o equilibrio hídrico se alcanzará, por tanto, cuando la cantidad de agua ingerida iguale a la cantidad de agua eliminada.

Ingesta de agua

En los individuos sanos el consumo de agua está controlado fundamentalmente por la sed. Sin embargo, en lactantes, ancianos, en distintas situaciones patológicas o tras un ejercicio intenso puede reducirse la sensación de sed, con lo que el riesgo de deshidratación aumenta.

El agua ingerida puede proceder de diversas fuentes, fundamentalmente exógenas, es decir, el agua que se ingiere a través de las bebidas (80%) y la contenida en los alimentos (20%). El contenido de agua de los alimentos es muy variable pero, en general puede decirse que es prácticamente inexistente en azúcares y aceites, bajo en cereales y derivados y legumbres y elevado en carnes y pescados y, especialmente, en frutas y verduras.

Existe, además, una fuente endógena de agua que es la que se forma como producto final de los procesos oxidativos de los macronutrientes (hidratos de carbono, lípidos y proteínas), que puede ser utilizada por el organismo y que se denomina agua metabólica. Así, la oxidación de 1 g de hidratos de carbono, lípidos y proteínas da lugar a la obtención de 0,55, 1,07 y 0,4 ml de agua, respectivamente. Se estima que la producción de agua por esta vía está en torno a 250-350 ml/día.

Pérdidas hídricas

Aproximadamente entre el 5 y el 10 % del agua corporal total se pierde diariamente a través de distintas vías obligatorias (orina, heces, evaporación por la piel y los pulmones), al margen de las pérdidas por sudor debidas a la actividad física, que pueden ser más o menos cuantiosas según la intensidad y duración de la actividad física y varían en función de las condiciones climatológicas.

Las mayores pérdidas de agua se llevan a cabo, por lo general, a través de la orina, por donde no sólo se debe eliminar el exceso de agua que se haya podido ingerir con respecto a las necesidades (y que en sentido estricto no deberían considerarse pérdidas), sino también el agua necesaria para disolver productos metabólicos de desecho de carácter hidrosoluble (urea, ácido úrico, electrolitos). La producción diaria de orina es de aproximadamente 1-2 l, pero puede incrementarse en un orden de magnitud cuando se consumen grandes volúmenes de líquido. Esta capacidad para variar el volumen de orina producido representa la principal vía que permite regular el balance neto de agua corporal a pesar del amplio rango de ingestas y pérdidas de líquido por otras vías.

Las pérdidas cutáneas de agua se producen a través de dos mecanismos distintos. Por una parte, las llamadas "pérdidas insensibles" que son las que se producen por difusión a través de la piel, aparte de la secreción sudorípara, por lo que no sirven para regular la temperatura corporal ya que son independientes de las temperaturas corporal y ambiental. La pérdida media de agua por difusión cutánea es de 300-400 ml/día y no es mayor gracias a la presencia de la capa córnea cutánea, que actúa a modo de aislante frente a de las pérdidas hídricas. Las "pérdidas sensibles" son las que se producen a través del sudor. En estos casos la producción de sudor tiene como finalidad la reducción de la temperatura corporal mediante la evaporación del agua producida sobre la superficie corporal. Por lo general son poco importantes, pero se pueden incrementar notablemente cuando aumenta la temperatura corporal debido a temperaturas ambientales altas, fiebre o, como decíamos anteriormente, una actividad física intensa. El ejercicio físico supone un aumento de la tasa metabólica del individuo, lo que se traduce en un aumento de la producción de calor corporal que el organismo trata de disipar a través de un aumento de la tasa de sudoración, lo que da lugar a una deshidratación del individuo inducida por el ejercicio. Esta deshidratación tiene efectos negativos sobre el rendimiento, ya que como mecanismo compensatorio de esta pérdida excesiva de agua a través del sudor, se produce una disminución de la tasa de sudoración y, por tanto, una disminución de la disipación de calor e hipertermia y una disminución del rendimiento. Las pérdidas de agua a través del sudor debidas a la actividad física presentan una gran variabilidad interindividual, pero además varían notablemente dependiendo del tipo, intensidad y duración de la actividad física, de las condiciones ambientales (temperatura y humedad ambientales) e incluso del tipo de recinto en el que se lleva a cabo la práctica deportiva (al aire libre, bajo techo), pudiendo llegar a los 1,5-2 litros por hora durante la práctica de ejercicio intenso a elevadas temperatura y humedad ambientales.

Las pérdidas de agua a través de la respiración están influidas por la temperatura y humedad del aire inspirado y por la ventilación pulmonar. El aire inspirado se satura de vapor de agua en el aparato respiratorio hasta alcanzar un valor de presión de vapor de agua de 47 mm de Hg. Dado que la presión de este vapor en el aire inspirado es normalmente inferior a este valor, esto supone una pérdida corporal de agua a través del árbol respiratorio, que puede llegar a los 300-400 ml/día. Las pérdidas pulmonares aumentan en determinadas condiciones, como situaciones de fiebre o actividad física intensa, en las que se incrementa la frecuencia respiratoria. Además, en ambientes fríos disminuye mucho la presión de vapor de agua del aire atmosférico, lo contrario a lo que ocurre en ambientes calurosos.

La cantidad de agua de las heces puede variar según determinadas condiciones, siendo la principal determinante la cantidad de fibra alimentaria que se ingiere, especialmente las de carácter insoluble como la celulosa, algunas hemicelulosas y lignina. Las secreciones digestivas aportan una gran cantidad de agua que se reabsorbe en condiciones normales prácticamente en su totalidad, de tal modo que en las heces sólo se pierde una cantidad en torno a los 200 ml/día, que representa un 60-90 % de la masa fecal.

Regulación del balance hídrico

El balance hídrico está bien regulado diariamente a través de la sed y la producción de orina, lo cual, junto con el acceso casi ilimitado a alimentos y bebidas del que actualmente disfruta buena parte de la población de los países industrializados, permite compensar fácilmente las pérdidas de agua. Así, se ha estimado que el agua corporal total varía diariamente sólo entre un 0,22 y un 0,48 % en condiciones ambientales suaves. Hay que tener en cuenta, no obstante, que pérdidas significativas de agua (como aquéllas asociadas al estrés hídrico producido por la práctica de ejercicio físico intenso o condiciones climatológicas con elevada temperatura y humedad), hacen necesarias un buen número de horas para reponer las pérdidas de agua y electrolitos.

Tanto la sensación de sed, que determina la conducta de búsqueda e ingesta de agua, como la excreción renal dependen de un mecanismo regulador relacionado directamente con la osmolaridad plasmática. Esta regulación se lleva a cabo mediante una intrincada relación entre respuestas homeostáticas neuroendocrinas y renales que aseguran en conjunto que pequeños grados de sobre o deshidratación sean rápidamente compensados a corto plazo.

Una disminución del VEC (que conlleva una disminución de la presión arterial) o un aumento de la presión osmótica plasmática inducen, en primera instancia, deshidratación celular debida al movimiento de agua desde el espacio intracelular al extracelular y plasmático. A continuación se ponen en marcha procesos que tienen como objetivo impedir la pérdida de agua a través de la orina, mediante la reabsorción renal de agua y la consiguiente concentración de la orina. Ésta es una medida que impide la pérdida de agua, pero que no corrige la desviación del balance hídrico. La sensación de sed y la subsiguiente ingesta de agua, es en realidad la medida correctora de la desviación. En el estímulo de la sed, al margen de los mecanismos reguladores homeostáticos, también tiene gran importancia la sequedad de las mucosas bucales y esofágicas. Esto es lo que explica que una persona sedienta pueda sentir alivio de su sed inmediatamente después de haber bebido, sin que haya dado tiempo a absorber el agua por la mucosa del aparato digestivo.

Los cambios en la osmolaridad y el volumen extracelular son detectados por una serie de receptores de volumen y composición del mismo, entre los que destacan:

- Receptores de distensión (en la aurícula y en las arterias pulmonares): evalúan el grado de llenado vascular y, por lo tanto, el VEC.
- Barorreceptores arteriales (situados en el arco aórtico y en el seno carotídeo): evalúan la presión arterial, lo cual está directamente relacionado con el volumen circulante.
- Receptores intracraneales: evalúan el VIC.
- Receptores hepático/portales: evalúan la ingesta de sodio antes de que llegue al torrente circulatorio.

Así, cuando se detecta una disminución en el VEC y/o la presión arterial, se produce una activación de la actividad simpática renal, lo que produce vasoconstricción y aumento de la liberación de renina por parte de las células yuxtaglomerulares del riñón.

La renina cataliza la hidrólisis de una proteína circulante de origen hepático, el angiotensinógeno, dando lugar a la angiotensina I, que a su vez es transformada en angiotensina II por una exoenzima endotelial, la enzima convertidora de angiotensina (ECA).

La angiotensina II lleva a cabo numerosas funciones relacionadas con la regulación del balance hídrico, entre las que cabe destacar:

- Tiene un efecto directo sobre las arteriolas vasculares, produciendo vasoconstricción, y sobre el centro de control cardiovascular, desencadenando cardioaceleración, lo que tiende a aumentar la presión arterial.
- Tiene también efectos directos sobre el túbulo proximal, aumentando la resorción tubular de sodio y agua.
- También actúa sobre diversas neuronas hipotalámicas favoreciendo la liberación de la hormona antidiurética (ADH) y estimulando la sensación de sed. La ADH regula la permeabilidad al agua del túbulo conector y del túbulo colector. Así, en presencia de ADH, parte del agua que circula por estos túbulos abandona los mismos a favor de gradiente de concentración. En ausencia de ADH ,estos túbulos son impermeables al agua, por lo que casi toda el agua que sale del túbulo distal es eliminada por la orina, dando lugar a una orina muy diluida.
- Estimula la liberación de aldosterona de la zona glomerulosa de la corteza suprarrenal. La aldosterona actúa sobre el túbulo colector, haciendo que aumente la resorción tubular de sodio, por lo que aumenta el contenido de sodio en el organismo y, por lo tanto, el VEC.
- Una parte sustancial de los estímulos de la sed están mediados por la angiotensina II. Los centros de control de la sed están situados en la porción ventromedial y posterior del hipotálamo, en estrecha relación con los centros reguladores de la liberación de ADH.

En resumen, cuando el VEC o la presión arterial disminuyen, estos cambios son detectados por los receptores de distensión que, mediante reflejos homeostáticos mediados por activación del sistema nervioso simpático y de sistemas hormonales, como el sistema renina-angiotensina-aldosterona o la ADH, inducen sobre el sistema cardiovascular un aumento del gasto cardíaco y vasoconstricción. La acción de estos sistemas sobre el riñón induce, además, un aumento de la resorción tubular de agua y sodio que, junto con el estímulo de la sed y la ingestión de agua, hacen que aumente el VEC y el VIC y se recupere la presión arterial.

Sistema renina angiotensina aldosterona

Cuando lo que ocurre es un aumento del VEC o de la presión arterial, estos mecanismos actúan en sentido contrario, haciendo que disminuya el VEC y la presión arterial. Es decir, en primer término va a producirse un movimiento de agua hacia el espacio intracelular siguiendo el gradiente osmótico generado. A continuación se inhibe la sensación de sed y, por otro lado, se inhibe la secreción de ADH, con la subsiguiente eliminación de una orina hipotónica. Esta última respuesta es la que corrige la desviación producida.

Necesidades y aporte

Las necesidades normales de agua varían enormemente debido a numerosos factores como el metabolismo, la dieta, la climatología… Así, un estado de hidratación óptimo es compatible con un rango amplio de ingestas de líquidos. El agua corporal total por kg de peso corporal es mayor durante la infancia y disminuye gradualmente a medida que maduran los mecanismos de regulación de la temperatura. Aunque no es hasta mediada o finalizada la pubertad cuando respuestas como la sudoración se hacen similares a las de los adultos, el hambre y la sed actúan como mecanismos biológicos primitivos que permiten compensar las pérdidas obligatorias de agua.

Así, como ya hemos comentado, en los recién nacidos el contenido de agua puede llegar al 80 %. Sin embargo, el riesgo de pérdidas de agua por vómitos, sudoración o diarreas también puede ser muy grande, con lo que este aparente exceso de agua sirve de "colchón" frente a las pérdidas frecuentes. Además, carecen de un buen control de los mecanismos de regulación de la temperatura corporal (entre ellos el reflejo de escalofrío o la sudoración) y sus riñones tienen una capacidad limitada para producir orina concentrada, por lo que pierden más que un adulto en la misma cantidad de orina. Por ello los niños de menos de un año son tan susceptibles a la deshidratación y ésta suele ser tan frecuente en las urgencias hospitalarias. En los niños las necesidades de agua se cubren fundamentalmente a través del consumo de leche materna y/o maternizada y a lo largo del desarrollo, va aumentando el consumo de agua a través de las bebidas y los alimentos.

Por el contrario, los ancianos tienen un contenido en agua mucho más bajo, en torno al 45 %, estando al límite mínimo compatible con la función normal. Esto, unido a alteraciones de los mecanismos de concentración urinaria y en la sed, hace que también sean muy susceptibles a la deshidratación y que la pérdida de cantidades de agua relativamente pequeñas conlleve alteraciones muy importantes que ponen en riesgo la vida de los sujetos.

En condiciones climatológicas suaves son necesarios aproximadamente de 1 a 2 l de agua para reponer las pérdidas obligatorias en adultos sedentarios. Por su parte, la ingesta adecuada para hombres y mujeres adultos es 3,7 y 2,7 l/día respectivamente. No obstante, las necesidades hídricas de las personas presentan una enorme variabilidad, por lo que, en principio, un consumo de agua por debajo de estas ingestas adecuadas no debe suponer necesariamente un riesgo para la salud (o consecuencias negativas para el rendimiento deportivo, en el caso de los deportistas). Lo realmente importante es mantener un estado de hidratación corporal óptimo, ya que déficit agudos o crónicos de agua corporal sí pueden influir negativamente en la salud y el rendimiento. Por otro lado, estas ingestas adecuadas no están orientadas hacia personas cuyas necesidades hídricas son mayores de lo habitual, como personas que lleven a cabo trabajos que supongan un gran esfuerzo físico o durante periodos prolongados, deportistas o personas expuestas a condiciones climatológicas de alta temperatura y humedad.

Cuando la ingesta de agua es inferior a la eliminación se produce deshidratación. Por lo mencionado anteriormente, ésta es una circunstancia muy común en lactantes y ancianos. Los signos de deshidratación son:

- Falta de turgencia y flacidez de la piel.
- Orina muy concentrada y con poco volumen.
- Sequedad de mucosas.
- Taquicardia, desorientación...

La deshidratación tiene efectos muy negativos en el funcionamiento del organismo, que dependen del grado de pérdida de agua. Cuando se pierde por deshidratación entre el 1 y el 2 % del peso corporal, aparece la sensación de sed, pero no se produce ninguna alteración fisiológica importante. Pérdidas del 3-4 % conllevan una disminución del volumen sanguíneo y alteración en el rendimiento físico. Deshidrataciones mayores producen dificultad para concentrarse, desorientación y fallos en la regulación de la temperatura corporal. Entre el 8 y el 10% se producen lipotimias, espasmos musculares, delirios y a partir del 11 % fallos circulatorios y renales, que pueden causar la muerte cuando la deshidratación alcanza el 20 % del peso corporal.

La intoxicación hídrica ocurre como resultado de un exceso de ingesta de agua con respecto a su eliminación, lo que lleva como consecuencia un aumento del volumen intracelular (VIC) y una disminución de la osmolaridad de los líquidos corporales. El aumento del volumen celular en las neuronas producen síntomas tales como cefaleas, náuseas, vómitos, ceguera, contracciones musculares involuntarias, convulsiones y, a veces, la muerte del paciente. Esta intoxicación es muy poco frecuente y sólo sobreviene cuando el riñón no es capaz de ajustar la excreción de agua debido a un exceso de producción de ADH, lo que ocurre como consecuencia de traumatismos craneales o intervenciones quirúrgicas.

Electrolitos

Una buena parte de los solutos disueltos en el agua del organismo son electrolitos, es decir, sustancias que al disolverse en agua se disocian en iones, partículas con carga positiva (cationes) o negativa (aniones). Los principales electrolitos del LEC y el LIC, sobre cuya absorción, metabolismo, excreción, funciones, necesidades y aporte profundizaremos a continuación, son el sodio, el cloruro y el potasio.

Sodio

El sodio es el principal catión del LEC y él sólo es el responsable de la mitad de la presión osmótica de este compartimento. Del 30 al 40 % del sodio corporal está fijado en el esqueleto y su capacidad de intercambio con el de los líquidos corporales es muy baja.

El sodio es un regulador fundamental del VEC y, por lo tanto, del volumen de sangre y de numerosos parámetros cardiovasculares como el gasto cardiaco o la presión arterial.

La ingesta de sodio proviene fundamentalmente del sodio contenido en los alimentos. El contenido de sodio de los alimentos sin procesar es bajo y raramente puede cubrir las necesidades mínimas del ser humano. Las frutas y las verduras prácticamente no contienen sodio, mientras que las carnes y pescados contienen algo más. Los alimentos que contienen más sodio son aquéllos que sufren procesos de salado y curación (jamón, embutidos, pescados en salazón…). En general, todos los alimentos procesados industrialmente contienen cantidades relativamente altas de sal. Sin embargo, la mayor parte del sodio ingerido proviene del cloruro sódico (sal común) que se añade a los alimentos durante su cocinado o su preparación industrial. El consumo medio de sodio en los países occidentales es de unos 4-5 g diarios (170-200 mEq/día), mientras que los requerimientos mínimos de sodio son mucho menores. Se recomienda un consumo de sal menor de 6 g/día.

El sodio se absorbe rápidamente y en gran proporción en el intestino y pasa al LEC. La eliminación de sodio se hace fundamentalmente por los riñones en la orina. También pueden perderse cantidades importantes de sodio en las heces en caso de diarrea y por la piel en caso de sudoración intensa.

La eliminación de sodio ha de ser igual a la ingesta para mantener constante el VEC y la función cardiovascular. El balance entre ingesta y eliminación de sodio es una de las funciones principales del riñón, que regula también de esta manera el VEC, la función cardiovascular y la presión arterial.

Cloruro

El cloruro es el principal anión del LEC y junto con el sodio da cuenta de la mayor parte de la presión osmótica de este compartimento. Ambos, junto con el sulfato, el fosfato y el bicarbonato, mantienen el equilibrio ácido-base de los líquidos del organismo.

La cantidad de cloruro de los alimentos sin preparación es muy baja. La mayor parte del cloruro que se ingiere proviene de la sal de mesa (60 % cloruro) que se añade a los alimentos en sus diversas fases de preparación. Asimismo, la cantidad de cloruro que se ingiere con el agua, incluso en aguas cloradas, es muy baja. La ingesta media de cloruro en los países occidentales oscila ente 6 y 7 g (170-200 mEq) por día y los requerimientos mínimos son mucho menores. Se recomienda un consumo de sal menor de 6 g/día.

La eliminación de cloruro se hace fundamentalmente por los riñones en la orina aunque también pueden perderse cantidades importantes en las heces en caso de diarrea y por la piel en caso de sudoración muy intensa.

Potasio

El potasio es el principal catión del LIC, por lo que juega un papel fundamental en el mantenimiento del equilibrio osmótico de este compartimento. Alrededor de un 98 % del potasio está en el compartimento intracelular.

La fuente principal de potasio son los alimentos, sobre todo frutas, verduras, legumbres y carne fresca. La deficiencia en el consumo de potasio no es normal debido a la amplia distribución de este ión en los alimentos. El requerimiento mínimo de potasio en los adultos es de 1,6 a 2 g (40-50 mEq) por día, pero la ingesta media es mucho más alta (3 ó 4 veces más).

El potasio se absorbe fácilmente en el intestino y la mayor parte del potasio ingerido se elimina por la orina (90%) y el resto por las heces.

El riñón regula de manera precisa el balance entre la ingesta y la excreción de potasio. De hecho, el exceso de consumo de potasio no suele tener consecuencias de ningún tipo, excepto en el caso de que exista una disminución grave de la función renal. En esta situación se acumula en el plasma (hiperpotasemia) y puede producir parada cardiaca. Una hiperpotasemia puede ser, por tanto, la consecuencia de tres mecanismos diferentes, que a veces pueden estar asociados:

- Un exceso de aporte de potasio.
- Una redistribución transcelular de potasio y una disminución de las capacidades de excreción renal del potasio.
- Movimientos de potasio entre el LIC y el LEC, que se modifican por diversas circunstancias, como son el equilibrio ácido-base, los niveles de insulina, catecolaminas, aldosterona o glucagón, osmolaridad plasmática, necrosis celular y fármacos o tóxicos.

Por su parte, la hipopotasemia es un desorden electrolítico frecuente, que se observa entre el 7 y el 11 % de los pacientes hospitalizados. Las causas más frecuentes son las pérdidas digestivas y por tratamiento prolongado e indebidamente controlado con diuréticos. Las hipopotasemias sintomáticas graves se dan sobre todo entre los pacientes de edad avanzada con cardiopatías y multitratados. Los síntomas más importantes de hipopotasemia son cardiacos, musculares, renales y metabólicos.


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Citar como:

LORENZO CORCHÓN, A.. \"El agua\". asturnatura.com [en línea] Num. 455, [consultado el 16/12/2018]. Disponible en <https://www.asturnatura.com/articulos/nutricion/energia-nutrientes-componentes-dieta/agua.php> . ISSN 1887-5068